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Las lágrimas de un juez

Diario El Universo

Emilio Palacio

Al presidente actual de la Corte Suprema de Justicia Jaime Velasco, lo eligieron para ese cargo no por sus méritos, que seguramente los tendrá, sino por una razón política: había que impedir la designación del otro candidato, José Troya, cuyos antecedentes –algún día se los contaré– lo volvían demasiado peligroso para cierta mafia política. Eso fue suficiente para reunir en menos de 48 horas los votos que a Velasco le faltaban. Y tan seguro se sintió con eso el hombre de que lo nombrarían Presidente de la Corte, que llevó el discurso escrito y a sus alumnas de la Universidad para que griten vivas cuando lo proclamaron ganador.

Desde mi punto de vista, semejante forma de llegar al poder es suficiente para juzgar a un hombre. Sin embargo, algunos amigos me aconsejaron que espere, así que luego de escribir algún artículo quejándome del grotesco espectáculo del discurso previamente escrito, me quedé callado y aguardé.

Luego me enteré de que Velasco era parte del grupo de ex magistrados de la Corte de 1997 que han demandado al Estado ecuatoriano ante la Corte Interamericana, quejándose porque se quedaron sin empleo y sin sueldo, los pobrecitos, y pidiendo en consecuencia una indemnización que la pagaremos los contribuyentes. La demanda, como tal, es un completo absurdo. ¿Con qué cara pueden estos jueces argumentar que fueron víctimas de un Estado politizado, si ellos mismos eran cabezas del Estado y coautores de su extrema politización?

Pero preferí apelar no a la razón, sino a las virtudes cívicas de Velasco, y en la primera oportunidad que tuve le pedí que deseche la demanda. Después de todo ya lo habían reintegrado a la Corte, lo habían nombrado su Presidente, y había recuperado el sueldo. “La tarea más importante de ustedes en estos momentos es ganarse nuestra confianza, que los veamos como ‘nuestra' Corte Suprema de Justicia”, le dije. Velasco me escuchó muy educado, sonrió todo el tiempo, y continuó con su demanda. Concluí que para él más importante era resarcirse económicamente; el Derecho y los ciudadanos vendríamos luego.

Los hechos confirmaron mis temores. Cuando le tocó juzgar el caso de Abdalá Bucaram, Velasco se inventó una figura jurídica extraordinaria: algunos actos de la Pichi Corte fueron nulos, otros no. La línea divisoria no la conoce nadie, solo el mismo Velasco, que por sí y ante sí decide cuáles resoluciones tienen vigencia. ¡Viva el nuevo Estado de Derecho del juez Velasco!

Ahora tenemos esta nueva barbaridad jurídica de liberar a Gustavo Noboa para demostrarnos que él no pertenece a la jauría de los perros con hambre, pero al mismo tiempo lo enjuicia de encubridor para complacer a la jauría. Un pedazo grande de carne para unos, unas migajas de pan para otros. Es la misma justicia retaceada de siempre, que continúa imperando, al servicio de las mafias políticas.

Sin embargo, nada de esto lo recordará la Historia, porque ella solo tiene memoria para los gigantes que caminan por encima de las ciénagas y el lodo, y para las culebras y los reptiles que se arrastran por su fondo. Los que no son gigantes ni enanos, los que no son ni tibios ni calientes, se convierten en el vómito del Diablo. Y por eso se les salen las lágrimas cuando deben enfrentar en público su triste y mediocre destino.

 

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