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Quito, jueves 31 de julio de 2003
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Teoría de la dictadura

Por Carlos Jijón

Primero se lanzaron contra Dahik. Pero era neoliberal y turco, así que no importaba. Después contra Bucaram. Pero estábamos convencidos de que era pillo, así que tampoco importaba si sus jueces eran del partido contrario. Después absolvieron a Alarcón, y nos quedamos callados. Ahora creen que pueden contra todo el mundo. Que pueden absolver a sus banqueros amigos, y que la sociedad mirará hacia otro lado. Que pueden meter en la cárcel a cualquier presidente que haya osado levantarles la mirada, y que el resto, atemorizado, cerrará los ojos sin decir nada. Ahora nos damos cuenta. Pero quizás ya sea demasiado tarde.

Porque un pueblo nunca debe ceder en su libertad. Pues si cede por miedo (como advierte Maquiavelo en sus Discursos sobre Tito Livio), lo hace para evitar la guerra, y la mayoría de las veces no podrá evitarla. Porque aquel a quien cobardemente se han hecho concesiones no quedará satisfecho, y querrá arrebatarnos algo más, irritándose más con ese pueblo y teniéndolo en menos; que, por otra parte, tendrá menos defensores y más fríos, pues les parecerá débil o cobarde.

Y nos encontramos entonces con un problema fundamental. Las dos Salas de lo Penal de la Corte Suprema han estado controladas por un partido político, que ha creído que es tal su derecho, que cuando perdió el control en una de ellas (por la muerte de uno de los magistrados) ha reclamado el privilegio de reemplazarlo con otro de sus cuadros, para, de esa manera, absolver a sus amigos y condenar a sus enemigos. Y el resultado evidente es la esclavitud. Porque es esclava una sociedad que ha cedido el poder de administrar justicia a una sola persona, y con mayor razón si esta también controla el Legislativo e influye en la Presidencia. Que contra ese omnímodo poder fue que se levantaron los ciudadanos que se tomaron la Bastilla.

Y esto no es una exageración, como pudiera parecer. Es la teoría política más elemental: en una república, los tres poderes no pueden ejercerse por la misma persona, menos aún por una que quiere además controlar a los medios de comunicación y lo que digan sus periodistas. Eso se llama poder absoluto y es la antítesis de la democracia. A ese punto hemos llegado, y de ahí debemos salir, si es que no queremos vivir sin libertad y como un pueblo digno.

Hoy es Gustavo Noboa Bejarano. El próximo, según todo parece indicar, es el presidente de la Corte Suprema de Justicia, Armando Bermeo, si no se somete a sus órdenes. La acusación en su contra ya existe: peculado en la compra de un edificio para la función judicial. Y el camino a seguir será el mismo, con alguna pequeña variante: una instrucción de la ministra fiscal general, que podrá ser acogida por el presidente subrogante de la misma Corte. Y si no lo hace, siempre se podrá apelar, a alguna de las salas, que para eso se las controla. ¿Y después? ¿Seguirá Gutiérrez cuando ya no les sirva?

 
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