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El Comercio Lunes, 4 de Agosto del 2003

El derecho de asilo

Por Jorge Salvador Lara

"Acogerse a sagrado" era el mecanismo que, para salvar la integridad personal y a veces hasta la vida, utilizaban los perseguidos, delincuentes o no, a quienes amenazaban poderosos mandones. Alcanzar en secreto una iglesia o monasterio y pedir protección a los monjes era recurso frecuente contra despotismos y tiranías de monarcas, señores feudales, populachos desatados y hasta matones de barrio. Aunque sin llegar a constituir derecho para quien se acogía al "asilo" ni deber para quien lo concedía, esa protección fue institucionalizándose.

No siempre resultó tal método porque los sátrapas son bravucones, rencorosos y vengativos y los perseguidos solían ser apresados aun con violación descarada y hasta sacrílega de los muros conventuales. La doctrina de paz y reconciliación del cristianismo fue muchas veces quebrantada por el desate de la fuerza, y el perseguido fue apresado, vejado, torturado y en muchas ocasiones muerto. El asilo, sin embargo, se afincó, perduró como tradición humanitaria y pasó de la Edad Media a la Moderna, hasta que el absolutismo de monarcas, soberanías, dictaduras y totalitarismos impidieron practicarlo y lo abolieron como concepto.

Pero los países nacidos del viejo tronco ibérico institucionalizaron el asilo durante el siglo XIX, aunque ni Europa ni los Estados Unidos lo reconocieron. Nuestros juristas y estadistas fueron delineando cada vez de mejor modo las condiciones para su ejercicio y ya en el siglo XX fue elevado a categoría de norma jurídica -"el derecho de asilo"- que desde entonces ha salvado a muchos eminentes personajes de nuestras naciones. Al comienzo se acogían al asilo inclusive reos comunes, facilidad suprimida para evitar la impunidad de muchos crímenes por el solo hecho de asilarse en un país cuyas fronteras o residencias diplomáticas pudieran traspasarse. Cuando se quiso definir el problema mediante convenios vinculantes, los estados suscriptores excluyeron del asilo a los delincuentes y el derecho de solicitarlo quedó restringido únicamente para los políticos.

Una larga tradición de más de 150 años permitió a los estados iberoamericanos suscribir tres convenciones para regular el asilo, "diplomático" cuando el perseguido se acoge a una embajada; o "territorial", si logra cruzar la frontera del país donde se le persigue. Como el persecutor suele acusar de delincuente al perseguido, es norma convencional que al Estado asilante corresponde el exclusivo derecho de calificar las solicitudes y recabar un salvoconducto para que el asilado pueda salir. Hay obligación de otorgar tal documento y garantizar el viaje del perseguido. No hace falta que la persecución nazca del Gobierno, basta que el solicitante sienta temor razonable de sufrir atentados contra su libertad, su seguridad y su vida. Con la ONU, asilo y refugio se han universalizado.

Recordamos todo esto por el asilo político recién concedido en la República Dominicana al ex-presidente del Ecuador, Gustavo Noboa Bejarano, caballero cristiano y ejemplar, probo y patriota ciudadano, educador de juventudes, gobernante honorable y pacificador, hoy acusado y acosado a destiempo con demagogia, falacias y sofismas, por el implacable rencor de un malqueriente temperamental, omnímodo jefe de una facción política empeñada en captar el poder total.

 
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