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El Universo 15 de agosto del 2003

Ante la injusticia

Eduardo Castillo Barredo

Hace pocos días dije en este Diario que ojalá, por sobre las incomprensiones y otras deficiencias, prevalezcan la verdad, la libertad y la justicia. Tal anhelo, sin embargo, está muchas veces contradicho por los hechos. Por eso desde niños les he enseñado a mis hijos que la injusticia es una de las más comunes y penosas realidades, con la que hay de contar, aprender a sortearla y a enfrentarla, aunque no siempre sea posible librarse de ella.

Jean de La Fontaine, el fabulista por excelencia, escribió, precisamente para los niños, lecciones profundas de un modo sencillo y atrayente. Miembro de la Academia Francesa desde 1684, compiló sus Fábulas y las dedicó “A monseñor el Delfín”, hijo de Luis XIV. En la fábula sexta del libro duodécimo de esa compilación –cuya traducción en verso castellano tengo en mi biblioteca– habla de una de aquellas ocasiones en que no es posible librarse de la injusticia. Es el caso de Un ratoncillo imprudente/ en poder de un gato viejo. Así comienza el relato, en que el prisionero trata de que lo suelte su aprehensor, presentándole impecables y contundentes razonamientos. El felino lo escucha y finalmente, antes de comérselo, le dice: “¿A mí me vienes con eso?/Como si hablaras con sordos./¿Perdonar, un gato y viejo? ¡Eso nunca sucede!”.

Doscientos años después, otro poeta francés, máximo representante del romanticismo, no solo en la poesía sino también en el drama y en la novela, cuya obra más conocida en este género es Los Miserables: el eximio Víctor Hugo, propugnó la pragmática teoría de que lo que hay que hacer, mientras se puede, es escapar de la injusticia. Así me parece recordar que nos contó, en su clase de Procedimiento Penal, el ilustre profesor Jorge Zavala Baquerizo. Destacando los extremos de injusticia a que puede dar lugar un procedimiento retorcido, refirió anecdóticamente que nada menos que Víctor Hugo, convencido de la inseguridad jurídica de su tiempo, proclamó alguna vez: “Si en la Francia actual me acusaran de haberme robado las torres de Notre Dame (la catedral de París, cuyas cúpulas intactas permanecían a la vista), comenzaría mi defensa huyendo”.

Precediendo a los personajes citados, un inglés del siglo XV, abogado extraordinario, humanista excelso y político ejemplar: Tomás Moro, que no se contentó con nada de eso pues llegó infinitamente a más: a santo, enfrentó la injusticia del mejor modo que todos podemos hacerlo: siendo justos cada cual. Como además de genio y de virtud tenía buen humor, preso ya por el capricho apasionado de Enrique VIII, algunos pensaron que hablaba en broma cuando, con toda seriedad y trascendencia, aleccionó a su hija predilecta, Margaret, diciéndole: “Un hombre puede perder la cabeza fácilmente y, sin embargo, no sucederle por esto ningún mal”. Obviamente que no todos lo entendieron.

Con ocasión del Año Jubilar, en octubre del 2000, Juan Pablo II lo proclamó Patrono de los Gobernantes y de los Políticos. Lo hizo a petición de centenares de personalidades de diversa orientación política, cultural y religiosa, en la que afirman que Moro fue “un mártir de la libertad en el sentido más moderno del término, porque se opuso a la pretensión del poder de dominar sobre las conciencias”. Chesterton lo había dicho mucho antes de otra manera: “Una cabeza que Enrique VIII tuvo que arrancar, porque ese era el único modo de apoderarse de ella”.

 
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