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El Universo 17 de agosto del 2003

La integridad de los jueces

Si los jueces se comportasen siempre como los hombres y mujeres obligados a impartir justicia, nada le convendría más a cualquier nación –sobre todo en tiempos difíciles– que la dictadura de los jueces.

Lamentablemente, aun los más altos magistrados son susceptibles de error, de fallo, y peor aún, de perversión. Por eso la auténtica democracia jamás podría aceptar el poder omnímodo de la Función Judicial, que en más de una ocasión ha demostrado no ser inmune a interferencias políticas extrañas.

Muchos ecuatorianos comienzan a preguntarse, sin embargo, si no se ha instaurado ya en nuestro país un sistema que les permite a unos pocos decidir sobre la vida de los demás gracias al poder que tienen sobre algunos jueces.

Pero de ser cierto dicho escenario, querría decir que una desgracia terrible ha caído sobre la patria, mucho más destructiva que las crisis financieras y políticas recientes. Porque no sería la estabilidad monetaria o algún artículo de la Constitución lo que habríamos pisoteado, sino algo mucho más vital: el derecho a desenvolvernos en un medio donde impere la justicia, sin ninguna amenaza que distorsione el orden social.

El Gobierno nacional, los jueces honestos, los líderes del país, los ciudadanos –más allá de cualquier discrepancia– tenemos el deber de demostrarle al mundo que ese temor en realidad no tiene fundamento, y que el Ecuador aún sigue siendo un país libre, de jueces íntegros, y que la conciencia ciudadana todavía es capaz de ponerle un alto a los casos más flagrantes de interferencia política en la Justicia.

 
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