Regresar

Diario Hoy Mayo 12 de 2005

Anatomía de la dictadura

Por: : Carlos Jijón

El ministro de Gobierno, Mauricio Gándara, ordenó la mañana del domingo pasado, que la Policía capturara al ex presidente Gustavo Noboa mientras se encontraba en misa. Lo declaró él mismo, en los noticieros de la noche, aunque es preciso reconocer que su pronunciamiento fue bastante vago.

Y es normal que haya ocurrido así, porque, en las democracias, los funcionarios del poder ejecutivo no tienen poder para decidir sobre la libertad de las personas. Eso ocurre en las dictaduras. En las repúblicas, más aún, en las democráticas, quiénes pueden decidir sobre la libertad de las personas son los jueces.

Ni siquiera los fiscales, como el pobre ministro intentó explicar al día siguiente: que la Policía había cumplido órdenes de la fiscal general subrogante. Los fiscales no ordenan la prisión de nadie.

La piden, y sus peticiones son decididas por los jueces. Pero el ministro intentó seguir explicando: que la orden de prisión dictada por la primera sala de lo penal de la Corte Suprema se encuentra vigente, porque la nulidad del proceso, declarada luego por el "Pichi" Castro, no se había ejecutoriado.

El problema es el mismo. En las democracias, las controversias judiciales no son resueltas, ni interpretadas, por los funcionarios de la función ejecutiva. Eso ocurre en las dictaduras.

¿Por qué ocurrió? ¿Por qué el ministro de Gobierno ordenó el domingo la captura del ex presidente Gustavo Noboa? Noboa, esa misma noche, arriesgó una explicación: dijo que Gándara cumplía órdenes del ex presidente León Pebres Cordero. Es difícil aceptar esa versión.

¿Por qué el ministro de un régimen que subió al poder gracias a la rebelión de un sector ciudadano que propugnaba el retiro de la clase política, va a convertirse en mandadero de los viejos dueños del país? ¿Por qué iba Gándara a obedecer las órdenes de un caudillo que ya no controla la Corte Suprema (base real de su antiguo poder) y ni siquiera tiene el control total de un Congreso, por otro lado, totalmente desprestigiado y sin fuerza moral?

A no ser que Gándara no haya hecho el mismo análisis. En Yo, el supremo, la fabulosa novela del ya fallecido Augusto Roa Bastos, el doctor Francia, el célebre dictador del Paraguay, ordenaba realizar la autopsia de muchos de los políticos, para entender si era por un problema de las vértebras cervicales la dificultad, que él encontraba casi congénita, para mantener erguida la cabeza.

Francia nunca pudo comprobar su teoría. Otros más bien sostienen, con una gran lucidez, que el poder lo otorga quien lo reconoce. Y que basta que un ministro (o varios de ellos, o incluso, un presidente) reconozca un poder para que este exista, aunque este no se sustente ni en la ley ni tenga capacidad alguna de coacción.

Es un poder basado en la costumbre, en el reconocimiento social, en el que se basan los caudillismos y que normalmente se convierten en tiranías. Esto, por supuesto, no ocurre en las repúblicas. Menos en las repúblicas democráticas. Ocurre en las dictaduras.

 
Subir
 
© Copyright 2006 - 2010 Gustavo Noboa Bejarano. Prohibida su copia total o parcial | Lea las Condiciones de uso BACKUPTI.com